Quien tenga honra

Monumento a María Pita en La Coruña. Fotografía de Tomás Fano.

María Pita: ‘Quien tenga honra, que me siga’

José Javier Esparza
España e Inglaterra son naciones de larga historia. Como es natural, innumerables veces nos hemos zurrado la badana. Y contra lo que demasiados españoles piensan, la balanza no se inclina especialmente hacia los ingleses. Un ejemplo: lo que le pasó a la Contraarmada de Drake frente a La Coruña. Era 1589 y…

Una carnicera gallega del siglo XVI: joven, guapa, treinta años, una hija. Esa era María Pita. Ella y su marido habían acudido, como otros muchos cientos de vecinos, a defender las murallas de La Coruña, porque atacaba el inglés. Entre esos vecinos había otra mujer, Inés de Ben, que cae herida de bala. Enfrente, uno de los corsarios más temibles y despiadados de la Gran Bretaña: Francis Drake, al mando de un ejército de 20.000 hombres hambrientos de botín. Los gallegos aguantarán. María Pita, heroica, inscribirá su nombre en la historia. Los ingleses huirán de La Coruña con las manos vacías. ¿No es un relato para hacer una película?

Empecemos por el principio: ¿Por qué los ingleses atacaban La Coruña? Situémonos. Estamos en 1589. En España reina Felipe II y, como se sabe, en sus dominios no se ponía el sol. Pero había nubarrones gruesos, y uno de ellas era la gresca con Inglaterra. Por así decirlo, España era el campeón e Inglaterra, el aspirante. Como aspirantes, los ingleses no perdían ocasión de hacernos la vida imposible. Había para ello razones religiosas, porque España era la cabeza visible del catolicismo e Inglaterra se había montado su religión propia, el anglicanismo. Había también razones políticas, porque Inglaterra temía al poder español en Europa y quería deshacerlo como fuera, particularmente apoyando a los rebeldes en Flandes. Y había razones económicas, porque España controlaba las rutas marítimas del Atlántico e Inglaterra alentaba los ataques piratas contra nuestros barcos.

La Armada y la Contraarmada

Todas esas razones –religiosas, políticas, económicas-, combinadas entre sí y con algunas otras más, llevaron a una situación sin salida. La guerra civil por el trono francés, entre católicos y protestantes, fue la causa directa. Como Inglaterra está apoyando a los protestantes en Francia y en Flandes, Felipe II ordena invadir Inglaterra; es el conocido episodio de la Armada Invencible, en 1588, donde sirvió Lope de Vega, y que no fue una victoria inglesa –de hecho, los ingleses se dieron a la fuga-, sino una catástrofe meteorológica. El hecho es que, en respuesta, los ingleses mandan al año siguiente, 1589, una expedición de castigo, la Contraarmada, para atacar a España y Portugal. La Contraarmada sufrió el mismo destino que la Invencible: terminó desarbolada por las galernas. Pero en ese ataque de la Contraarmada se inscribe el episodio que vamos a contar: el de María Pita.

Los ingleses querían lo mismo de siempre: apoderarse de las rutas españolas de Indias. Para ello conciben un plan realmente ambicioso: navegar por el Golfo de Vizcaya, saquear consecutivamente San Sebastián, Santander y La Coruña hundiendo los barcos españoles allí estacionados, atacar después Lisboa, inducir a los portugueses a un levantamiento contra Felipe II, establecer una base en las Azores y, desde allí, robar los tesoros de la Flota española de Indias en su ruta hacia Cádiz. Nada menos. Para llevar a cabo semejante proeza, los ingleses movilizan 146 barcos, 4.000 marineros, 20.000 soldados y 1.500 oficiales. Los holandeses ponen hombres y dinero. Mandan la expedición dos experimentados enemigos de España: Francis Drake, el temible corsario, y el general John Norreys.

¿Era posible ejecutar con éxito una campaña tan ambiciosa? Los ingleses creían que sí: Drake había saqueado Cádiz en 1587, luego las defensas españolas eran vulnerables. Además, la calamidad de la Armada Invencible, el año anterior, necesariamente tenía que haber debilitado a la flota española. En cuanto al plan portugués, uno de los pretendientes de la Corona lusa, el Prior de Crato, se había comprometido formalmente con los ingleses a levantar a la nobleza contra Felipe II. Pero todos esos cálculos resultaron ser falsos: las bajas españolas en el desastre de la Invencible habían sido más limitadas de lo que los ingleses suponían: prácticamente todos los galeones, es decir, los grandes barcos de guerra, habían logrado ponerse a salvo. Y en cuanto a la rebelión portuguesa, la verdad era que el Prior de Crato exageraba: la inmensa mayoría de los nobles no le apoyaban a él, sino a la familia Braganza.

Aparece María Pita

La Contraarmada de Drake empezó a chocar contra la dura realidad desde el primer momento. Primero, las tempestades. Después, el miedo: ante la posibilidad de embarrancar en la bahía de Vizcaya, Drake rehúsa atacar San Sebastián, por otro lado muy bien defendida. Más tarde, la sorpresa: contra su previsión, Santander está lleno de galeones españoles de la Invencible que completan allí reparaciones. De manera que los ingleses pasan nuevamente de largo y se dirigen, esta vez sí, contra La Coruña, una pieza fácil y sin otra defensa que una pequeña guarnición en las murallas medievales de la ciudad. Pero allí, después de haber afrontado tempestades, miedos y sorpresas, Drake se va a encontrar con algo aún más temible: una mujer decidida. Entra en la historia María Pita.

Se llamaba María Mayor Fernández de la Cámara Pita. Era carnicera. Había nacido hacia 1560; en el momento de nuestro episodio rondaba los 30 años y tenía una hija de corta edad. No llevaba una vida fácil. Su primer marido, Xoan de Rois, carnicero, había muerto. Entonces María se casó con el también carnicero Gregorio de Rocamonde. Podemos imaginarnos su vida con colores más bien opacos: un matrimonio de carniceros en una pequeña ciudad del XVI. Pero en esa vida rutinaria surge de repente una amenaza terrible: una gran flota inglesa aparece en el horizonte, cañonea muros y calles y desembarca en La Coruña.

Los ingleses están decididos a todo. No tardan en cercar la ciudad. Las viejas murallas medievales aguantan mal: pronto los ingleses han abierto brecha y se desparraman por la ciudadela baja. Las defensas han caído, pero, como solía pasar en España, los vecinos –tanto hombres como mujeres- toman las armas y se suman al combate. La ofensiva inglesa arrecia. Su objetivo es ahora la ciudad vieja, el centro de La Coruña de entonces. Los coruñeses no ceden: una vecina, Inés de Ben, cae herida por dos balas inglesas. Ya hay quinientos españoles caídos. Un alférez inglés logra subir a la parte más alta de la muralla. El marido de María Pita, Gregorio, cae muerto. Entonces María, fiera, se lanza contra el alférez inglés. Así lo cuenta la crónica:

“Un alférez enemigo, con una bandera en la mano, subía por la brecha, animando con la voz y el ejemplo a los suyos; pero una de las mujeres que allí estaban, llamada María Fernández de la Cámara y Pita… “¡Quien tenga honra, que me siga!”. María Fernández de la Cámara y Pita, que acababa de perder a su marido en la muralla, tuvo el acierto de matar al alférez, según unos de una pedrada, según otros de un arcabuzazo, suceso que acobardó a los enemigos”.

Y vaya si los acobardó: sorprendidos al encontrar nueva resistencia tras la muralla, los ingleses se quedaron paralizados. La mayoría eran soldados sin experiencia: habían acudido atraídos por el botín, no para morir a manos de una turbamulta de mujeres y paisanos furiosos. Así que, intimidados, pusieron pies en polvorosa. Debió de ser cosa digna de verse: 20.000 soldados ingleses corriendo a pelo hacia sus barcos, y María Pita detrás, en la mano el rodillo, el arcabuz o lo que fuera, porque todavía sobre esto hay dudas, y no falta quien asegura que el arma de María fue la espada de su marido muerto o, incluso, sus cuchillos de carnicera. El hecho es que los ingleses se marcharon. Drake desplegó velas con las manos vacías.

La expedición de Drake no pudo terminar peor: cuando llegó a Lisboa, se encontró con que nadie se sublevaba contra Felipe II. Los portugueses recibieron a los ingleses con absoluta indiferencia. Tuvieron que volver a Inglaterra. Por el camino, las tempestades y las enfermedades diezmaron la tripulación. Al llegar a Inglaterra, de aquel poderoso ejército de 20.000 hombres sólo quedaban 2.000 en condiciones de combatir. Drake, rabioso y endeudado, saqueó Madeira y, después, capturó una flota hanseática, de comerciantes bálticos, para enjugar los gastos de la expedición. Un fracaso.

¿Y María? María se volvió a casar. Lo hizo con un marino andaluz de rango, Sancho de Arratia, con el que tuvo una hija, Francisca. Pero Sancho murió apenas dos años después. Y María se casó de nuevo: con el escudero de la Real Audiencia Gil Bermúdez de Figueroa, con el que tuvo dos hijos más. Ya se había convertido en una heroína por todos conocida. La Corona recompensó su hazaña. En 1596 viajó a Madrid para recibir la gracia real: plaza de soldado en La Coruña, licencia para exportar mulas, una gratificación económica y una pensión que equivalía al sueldo de un alférez más cinco escudos mensuales. También anduvo metida en pleitos por cuestiones de propiedad, y gracias a esos documentos judiciales ha sido posible conocer bien su historia. María Pita murió en Cambre, cerca de La Coruña, en 1643, a los 83 años.

No puede decirse que España, y menos La Coruña, olvidaran a su heroína. En el mismo solar donde estuvo la casa de Xoan Alonso de Rois, su primer marido, se levanta hoy la Casa Museo de María Pita. Y ya sabes: Quién tenga honra, que me siga. ¡Qué señora!


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