El centenario de Don Camilo

Me he encontrado esto en un tweet de Javier Blanco, a quien los más antiguos del blog recordaréis bien. Me ha parecido interesantísimo el artículo, pues permite ver un par de fotogramas de la vida (y muerte) íntima de Camilo José Cela (a quien cito con con cierta frecuencia en el blog).

El correlato antitético de Cela

El escritor, académico de la Lengua y Premio Nobel de Literatura, Camilo José Cela, fotografiado en Guadalajara en 1996 JOSÉ AYMÁ

El profesor Blanco Vila evoca su relación personal y literaria con el Nobel a raíz de la rigurosa edición que la RAE ha realizado de la novela ‘La colmena’

  • LUIS BLANCO VILA

19/10/2016 09:51Tengo la esperanza de que de las celebraciones del centenario del nacimiento de Camilo José Cela, de cuyo eco viviremos aún unos meses, salga, al menos, una figura contrastada del escritor y amigo, al que, después de ya tantos años de escapada final, sigo echando en falta. Sus llamadas telefónicas forman parte de esa ausencia dolorosa, aunque la mayor parte de ellas fueran para pedir pequeñas cosas, por ejemplo la reposición de sus puros con anilla de Nobel o unas agendas de Tabacalera, para algunos indispensables cada año, que él mismo regalaba a otros amigos. Camilo José Cela era cicatero en todo y también en su expresión verbal, y si le reíamos la gracia, tampoco lo agradecía o lo hacía sólo en su formulación más escueta: “¡Claro!”, decía, dándose la razón.

Yo lo conocí bastante tarde, después de mis años de corresponsalía en París y Roma, más dos años en La Coruña dirigiendo El Ideal Gallego. Cierto que lo vi alguna vez, que lo saludé, incluso, pero sólo como acto de reconocimiento y admiración, sin frivolidad alguna, lejos del empeño de algunos advenedizos que tratan de situarse en plano más que familiar por aquello de que el de Iria era una persona asequible, un “tío campechano” y “cachondo”… Mal asunto si alguien quería penetrar por ese postigo en la intimidad del personaje. No veo a Camilo haciéndose eso que dicen un selfie junto a una admiradora joven y garrida, apretando su humanidad contra las carnes vivas de la moza. A su manera, también el fastidio lo reconfortaba, le dejaba un poso de satisfacción por el deber cumplido, parte de su contribución al gasto debido como personaje importante.

Mi amistad con Camilo creció en poco tiempo, entre otras razones porque nunca le di la vara, ni le pedí favores mas allá de alguna entrevista para mi periódico cuando presentaba un libro, que jamás quiso leer antes de ser publicada y en las que nunca encontraba tacha. Como presidente del venerable e indigente Centro Gallego de Madrid y como cargo sin sueldo, siempre electivo, de algunos organismos profesionales, pero, sobre todo como catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en Ia Universidad San Pablo CEU, mis contactos con Cela se incrementaron a buen ritmo.

Propuse y dirigir algun curso de verano en El Escorial con y sobre Cela, a raíz de la concesion del Nobel en 1989. Solía ir a verle al hotel Miguel Ángel, donde me recibía en bata y, coincidiendo a veces con el desayuno, despachábamos las novedades y las maldades del mundo socio-literario español, tan poquita cosa, y, ejerciendo yo aún de crítico literario, lo ponía al día en novedades de traducción reciente en narrativa foránea.

Podría hablar de un buen puñado de virtudes y contar algunas anécdotas de Cela que vienen al caso, pero no se trata de eso, sino, mejor, de poner de relieve el gran corazón de nuestro Nobel. Y su nulo engreimiento. Un día, en una conferencia en el salón artesonado de Fonseca, en Santiago, dije que los tres grandes estilistas que enriquecieron el idioma español en los últimos cinco siglos eran Quevedo,Valle-lnclán y Cela. A las pocas horas me estaba llamando por teléfono. Con voz campanuda, me dijo: «Y yo que no me había enterado…». Pregunta, ¿de qué no se había enterado: de que había dicho eso o de que era verdad lo dicho?

Después del Nobel, la editorial Palas Atenea me encargó un libro sobre Cela en la colección Para leer a… Mis sintonías y lo mucho que había escrito sobre el autor me permitió ver el manual en las librerías en marzo de 1991. Gracias a su generosidad, conseguí que él mismo lo presentara en un almuerzo celebrado en el Club Siglo XXI el 20 de marzo de 1991. Un buen puñado de académicos de la Real de la Lengua, autores y periodistas, gente de la universidad y de Ia crítica almorzaron con él -y conmigo- en una celebración festiva que agradeceré siempre al matrimonio Segrelles, los timoneles fijos del club más liberal de España que fundara el duque de Cardona bastante antes de la muerte de Franco. El gran comedor se llenó de personal acreditado. Fue, al menos para mí, una gran fiesta en honor a Camilo.

Despues de Ia gloria del premio de Estocolmo, con decidida presentación en sociedad de su pareja, Marina Castaño, bailando con ella, no frecuenté tanto a Cela. Tengo el defecto enorme de alejarme de los amigos cuando triunfan de verdad y son felices… O lo parecen.

No había aún luz en el cielo el l8 de enero de 2002, año capicúa, cuando me llamóIsabel Mingote para comunicarme que Camilo había muerto en la clínica Cemtro. Aquella mañana tenía que dictar tres o cuatro clases: cambié de autor y, en vez de hablar del único Nobel finlandés de literatura, Frans Eemil Sillanpää, al que Camilo llamaba «ese» por abreviar, dedicaría la mañana a Mazurca para dos muertos, límite donde cuaja lo que yo llamo correlato antitético en la narrativa del Nobel gallego, iniciado con San Camilo 1936 y agotado, a trancas y barrancas, con la, a mi entender, fallida Madera de boj, que examiné, manuscrita en octavo, un verano que lo visité en la playa de Finisterre.

Aquella mañana mis clases fueron un amasijo de emociones, al borde del llanto. Además, sobre la marcha, compuse un poema/elegía del que, antes de entrar en la primera clase, pedí al conserje mayor que enviara una copia a su esposa Charo a Palma. Vería a Marina antes de comer, en la clínica donde estaba el rendez-vous funeral. Marina estaba enfadada conmigo porque al hablar de su marido no lo nombraba Camilo José sino más bien, y sólo, Camilo. Pero en la clínica-tanatorio, al verme empezó a dar gritos pidiéndome perdón, declarándose culpable de no sé qué crímenes, dándome abrazos de acróbata… Todo ello, supongo, para que lo viera Camilo, de cuerpo presente. Yo, para estas cosas, no sirvo, pero me pareció escuchar el susurro del muerto que rezongaba: «Hay que ver, hay que ver…».

Vengo de comprar la edición de La colmena publicada por la Academia. Otro tanto en el haber de Darío Villanueva. También he encontrado el texto de la Elegía en el trance o tránsito de Camilo. No se preocupen, no voy a reproducirla. Sólo el inicio: “Son las siete, sin más, dos o tres grados/ de no sé qué temblor que me recorre,/ baja por mis estrías,/ cuando atravieso Velintonia, donde Vicente/ lloraba cada tarde o sonreía/ al aire del recuerdo de la infancia…”. Con Camilo estuve el día en que se mudó Velingtonia por calle de Vicente Aleixandre; desde la terraza de la casa hice el discurso en su homenaje que organizó la Universidad San Pablo-CEU.

Soñábamos con restaurar el edificio y hacer de ella Casa de la Poesía. La codicia hereditaria prefirió la ruina a unos millones bastante razonables. ¡Qué lástima! Aunque para entonces, igual que en su narrativa, ya estaba de vuelta, ya había cerrado Camilo su correlato antitético.

Luis Blanco Vila es catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada de San Pablo -CEU Complutense y autor del ensayo Para leer a Camilo José Cela.

http://www.elmundo.es/cultura/2016/10/19/58072609468aebda3d8b459a.html

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