“No es nada personal…”

Es la frase que según las series de tv o las pelis, le dedicaba el mafioso de turno a su víctima, antes de dispararle en la cabeza con un calibre 22.

Ya sabéis, ése calibre que es tan pequeño que puede penetrar el cráneo pero luego ya no tiene fuerza suficiente para salir y entonces se dedica a rebotar varias veces contra el hueso interior,  como una canica en una botella, hasta que finalmente se para. Y para cuando se para, el cerebro está hecho papilla y la víctima ha muerto. Es todo bastante limpio, porque solo hay un agujero de entrada.

Es muy elegante, la verdad. Usar un calibre más grande, causaría una herida de salida enorme, con fragmentos de hueso y cerebro esparcidos por todos lados y un charco de sangre muy feo y poco profesional.

Es el equivalente moderno del florete, ese antiguo arma de los duelos entre caballeros, que hacía tan solo un agujerito, sin casi sangre, pero que matar mataba muy bien también. Que eso de matar al contrario a mandobles de cimitarra, de espada o de sable, es una carnicería impropia de una persona educada.

Y no lo digo con burla. Ambos métodos son tan elegantes como eficaces.

Pero olvidemos al duelista y centrémonos en el ejecutor.

En ocasiones el ejecutor quiere dejar claro que  se trata de un asunto personal. Y para ello usa un método o un instrumento que dejan claro el mensaje de que se trata de algo personal, muy personal. Se pretende con ello no solo matar a la víctima, sino dejarla humillada en su muerte, con el feo espectáculo del cuerpo destrozado, caído en postura indigna y bañado de sangre.

Me vienen a la memoria las ejecuciones del tiro en la nuca realizadas por el terrorismo en España…

Me diréis que matar es matar y que para el familiar del asesinado, ninguna diferencia hay.

Pero en ocasiones, me gusta examinar la herramienta que es el odio. Tiene ventajas y desventajas. Se puede usar para los actos más heróicos. Y también para los más despreciables.

Un asesinato con saña y humillación hacia la víctima, yo creo que genera mucho más odio hacia el ejecutor que un asesinato en que al menos, se ha ofrecido respeto.

Y lo mismo para otros actos, que sin ser asesinatos, se realizan igualmente con saña y con deseo de humillar.

Actos que ya se que no son comparables a un asesinato, que de ninguna manera lo son, pero que se hicieron también con saña y deseo de humillar.

” Hemos hecho esta ley para acosar al fumador”, dijo sonriente Ildefonso Hernández Aguado, uno de los padres de la ley “antitabaco”.

No, esas cosas no se olvidan, son muy personales.

Termino con algo que es mucho más importante que la dichosa ley. Lo escribiré un poquito en clave. No quiero herir susceptibilidades. Ni quiero posicionarme yo en la enorme magnitud de todo lo ocurrido entonces y después. Son cosas complicadas, donde yo mismo me encuentro argumentando a favor de ciertas cosas y en contra de otras.

Habrá quien lo entienda, habrá quien no. Pero que sirva para que una de las personas que lee este blog, que está contra la ley “antitabaco”, pero no a favor de otras cosas que se dicen aquí, comprenda que yo también la comprendo a ella.

Son las palabras de mi abuela:

“El hijoputa  Pachu mandónos a los moros a matános. ¡A los moros!”

Sí, eso fue muy personal. Y no, no se olvida.

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