A pique

” El mar no pertenece a los déspotas. En su superficie los hombres podrán aplicar sus leyes injustas, reñir, destrozarse unos a otros y dejarse llevar por horrores eternos. Pero, a diez metros bajo el nivel de las aguas, cesa su reinado, se extingue su influencia y desaparece su poder. Ah Señor vive, vive en el fondo del mar. Ahí sólo existe la independencia. Ahí no reconozco voz de amo alguno. Ahí soy verdaderamente libre…”

Julio Verne, 20.000 Leguas de viaje submarino-

 

“Yo no soy lo que usted llama un hombre civilizado. He roto con toda la sociedad por razones que sólo me conciernen a mí. Luego no estoy sometido a ninguna de sus reglas y le pido que no hable jamás de ellas delante de mí“

-Capitan Nemo al Profesor Aronnax. Charlas en la biblioteca del Nautilus

 

 

 

…el comandante Farragut había reconocido en el narval a un barco submarino, más peligroso que un sobrenatural cetáceo…

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¡Nos cañonean! -exclamé.

Los obuses se multiplicaban en torno nuestro. Algunos, tras golpear la superficie líquida, se alejaban por rebotes a distancias considerables. Pero ninguno alcanzó al Nautilus.

El buque acorazado no estaba ya más que a tres millas. Pese al violento cañoneo, el capitán Nemo no había aparecido en la plataforma. Y, sin embargo, cualquiera de esos obuses cónicos que hubiera golpeado al casco del Nautilus le hubiera sido fatal.

-Señor -me dijo entonces el canadiense-, debemos intentarlo todo para salir de este mal paso. Hagámosles señales. ¡Mil diantres! Tal vez entiendan que somos gente honrada.

Y diciendo esto, Ned Land sacó su pañuelo para agitarlo en el aire. Pero apenas lo había desplegado cuando caía sobre el puente, derribado por un brazo de hierro, pese a su fuerza prodigiosa.

-¡Miserable! -rugió el capitán-. ¿Es que quieres que te ensarte en el espolón del Nautilus antes de que lo lance contra ese buque?

Si terrible fue oír al capitán Nemo lo que había dicho, más terrible aún era verlo. Su rostro palideció a consecuencia de los espasmos de su corazón, que había debido cesar de latir un instante. Sus ojos se habían contraído espantosamente. Su voz era un rugido. Inclinado hacia adelante, sus manos retorcían los hombros del canadiense. Luego le abandonó, y volviéndose hacia el buque de guerra cuyos obuses llovían en torno suyo, le increpó así:

-¡Ah! ¿Sabes quién soy yo, barco de una nación maldita? Yo no necesito ver tus colores para reconocerte. ¡Mira! ¡Voy a mostrarte los míos!

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Y el capitán Nemo desplegó sobre la parte anterior de la plataforma un pabellón negro, igual al que había plantado en el Polo Sur.

-Señor, ¿va usted a atacar a ese buque?

-Señor, voy a echarlo a pique.

-¡No hará usted eso!

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-Lo haré –respondió fríamente el capitán Nemo-. Absténgase de juzgarme, señor. La fatalidad va a mostrarle lo que no debería haber visto. Me han atacado y la respuesta será terrible. ¡Baje usted!

-¿Qué barco es ése?

-¿No lo sabe? Pues bien, tanto mejor. Su nacionalidad, al menos, será un secreto para usted. ¡Baje!

Quise intervenir por última vez. Pero apenas interpelé al capitán Nemo, me impuso el silencio.

-Yo soy el derecho, yo soy la justicia -me dijo-. Yo soy el oprimido y ése es el opresor. Es por él por lo que ha perecido todo lo que he amado y venerado: patria, esposa, hijos, padre y madre. Todo lo que yo odio está ahí. ¡Cállese!

 

 

El enorme buque se hundía lentamente, mientras el Nautilus le seguía espiando su caída. De repente se produjo una explosión. El aire comprimido hizo volar los puentes del barco como si el fuego se hubiera declarado en las bodegas. El empuje del agua fue tal que desvió al Nautilus. Entonces el desafortunado navío se hundió con mayor rapidez, y aparecieron ante nuestros ojos sus cofas, cargadas de víctimas, luego sus jarcias también con racimos de hombres y, por último, la punta del palo mayor. Luego, la oscura masa desapareció, y con ella su tripulación de cadáveres en medio de un formidable remolino.

Me volví hacia el capitán Nemo. Aquel terrible justiciero, verdadero arcángel del odio, continuaba mirando. Cuando todo hubo terminado, el capitán Nemo se dirigió a la puerta de su camarote, la abrió y entró, seguido por mi mirada. En la pared del fondo, debajo de los retratos de sus héroes, vi el de una mujer joven y los de dos niños pequeños. El capitán Nemo los miró durante algunos instantes, les tendió los brazos, y, arrodillándose, prorrumpió en sollozos.

Y así prosiguen las guerras entre hombres, casi siempre sin saber quién empezó o porqué. Mente, músculo y voluntad se pondrán a prueba, una vez y otra y siempre, hasta que uno venza. Y comience un nuevo conflicto.

“Al vencedor nunca se le preguntará si dijo la verdad.”

 

Merece la pena leer el libro, creedme. Verne no es famoso porque sí.

 

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Una respuesta a A pique

  1. Lecroix dijo:

    Reblogueó esto en Contra la ley "antitabaco"y comentado:

    Se que de alguna manera no está bien que yo admire al Capitán Nemo cuando decide devolver el golpe, dominado por el odio.

    Creo que aún no me domina ningún odio, pero qué fácil me resulta entender a Verne y a su capitán.

    Veréis…hay obras de la literatura que son imprescindibles. Y el hecho de que Verne tenga el sambenito de la “ciencia-ficción”, no le hace menos “literato”.

    “20.000 leguas de viaje submarino” es una obra esencial para todo lector. Y no lo es ni por la ciencia, ni por la ficción. Lo es por su profundo entendimiento de los valores humanos.

    Somos lo que somos. Tan dadivosos, como crueles.

    Y no hay más.

    Recuperando esas viejas palabras que ya casi no se usan, ” A pique”, representa la vida de todos. Y el único mérito, corresponde a Verne.

    Yo también fui un “capitán de 15 años”

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