La vida en Marte

La serie de TV que más me afectó tras la imposición de la ley del tabaco, fue Life on Mars.

El planteamiento de la serie es engañosamente sencillo: un oficial de policía actual  sufre un accidente de tráfico y despierta en 1973. No sabe si se ha vuelto loco, si está en coma en algún hospital o si realmente ha viajado al pasado.

Me es difícil describir el impacto emocional que me produce la serie. El mundo que recrea en perfecto detalle, existió, aunque yo solo pude vivirlo en sus coletazos finales.

Es un mundo aparentemente más pobre. Y sin embargo las cifras de paro, al menos para España (no he consultado las del Reino Unido) eran espectacularmente mejores. Apenas un 4% de desempleo, frente al 20%, quizás 30% real, de hoy en día.

Todo el mundo fumaba y a nadie le parecía mal. La policía era más abiertamente fumadora, bebedora y brutal. No había un intento de ocultar (o de eliminar, directamente) lo que somos, lo que hay y lo que es necesario hacer a veces, aunque resulte desagradable.

No tengo la menor duda de que los números de los cuerpos de policía de entonces, eran bastante más sólidos y permanentes que los de hoy en día. Y eso a pesar de no tener ni ordenadores personales, ni móviles. Ni tengo tampoco la menor duda de que los propios agentes se sentían mucho menos frustrados y más útiles.

El revoltoso, el criminal, no recibía muchos miramientos. El terrorismo musulmán no existía aún en Occidente (sin duda porque Occidente no tenía remilgos entonces en responder, ni “puertas abiertas” o “papeles para todos”), pero sí estaban ETA o el IRA. Ambos grupos marxistas-leninistas, ideología comunista en estado puro, eran tratados con la contundencia necesaria.

No era un mundo perfecto, como ninguno lo ha sido ni lo será. Nunca habrá mundos perfectos.

Se fumaba, se bebía y se golpeaba en las comisarías. La TV emitía programas que defendían a la familia, al capitalismo. El cáncer terminal “progresista” que padecemos hoy en día apenas estaba causando una ligera fiebre en la sociedad de 1973.

Bastaba el ejemplo del enemigo cercano, la URSS, para que la gente recordase que el capitalismo es mejor que una economía intervenida, que Dios tiene que tener un lugar en la sociedad.

Veo la serie y deseo desesperadamente poder volver a vivir en los 70s o los 80s.

Ya había antibióticos. El ordenador personal, limitado sí, pero útilisimo para que supiera sacarle el jugo, llegaría a nuestras casas en los 80s, de la mano de otro inglés, Sir Clive Sinclair (ZX Spectrum). Y hasta comenzaba a haber “móviles” para coche, o de maletín. Es suficientemente avanzado para mí. Quiero volverme digo muchas veces.

Desde los 80s, cuando por fin fui consciente del mundo, hasta ahora, he perdido la libertad de:

-Nadar en la costa con cualquier mar, sin que un vigilante de la playa me llame la atención o me expulse porque él considera que las condiciones son malas.

-Conducir mi coche a las afueras, de sidrería en sidrería, tomando algo con la novia.

-Conducir mi coche si he tomado algo alcohol en cualquier caso.

-Conducir sin cinturón de seguridad.

-Ir en bici o en moto sin casco.

-Hacer pesca submarina sin “licencia”.

-Pescar en el puerto sin “licencia”.

-Pescar en el puerto con o sin “licencia”. No está permitido el acceso.

-Acampar en el monte. También esta prohibido.

-Aparcar una autocaravana en el monte. Prohibido también

-Beber alcohol en el parque.

-Comprar una bombilla incandescente.

-Evitar que el estado sepa mi consumo en calefacción o electricidad (contadores “inteligentes”).

-Tener un coche potente y asequible.

-Poder ser un hombre y comportarme como un hombre.

Podría seguir, ad infinitum.

Y por supuesto no olvido que he perdido, hemos perdido, la libertad de que haya un bar, un restaurante, uno solo, donde los que gustamos de fumar tabaco, podamos reunirnos en paz.

No me gusta este mundo nuevo. No me gusta el “nuevo orden”.

Quiero vivir en Marte.

 

 

 

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